Hablar más de Israel

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El fin de la ocupación está en manos del ocupante, no del ocupado. Hay que dar voz al Israel real y a los colonos

Son preguntas y comentarios habituales dirigidos a los corresponsales en Jerusalén y, en general, a quienes escriben sobre la ocupación israelí de los territorios palestinos. “No puede ser que Israel lo haga todo mal, ¿no?”; “Algo bueno tendrá Israel, aunque no lo digáis”; “No puede ser que todos los israelíes estén a favor de la ocupación, alguno habrá que esté en contra”; “Una cosa es lo que hace el Gobierno (de Netanyahu, de Olmert, de Sharon… puede elegirse dirigente) y otra lo que quiere la gente”; “Tenéis que hablar más de Israel, del otro Israel, el que es puntero en investigación, el de la gay parade de Tel-Aviv, el de la floreciente industria televisiva, el Sillicon Valley del Mediterráneo, el de la gente de izquierda que trabaja por la paz y la convivencia con los palestinos”. Antonio Muñoz Molina, en su justificación de por qué aceptó el Premio Jerusalén de literatura ante la presión de la campaña BDS (Boicot, desinversiones, sanciones), lo dejó escrito muy bien: “Hay personas y organizaciones no gubernamentales en Israel que trabajan para que haya una solución a este conflicto, y que desde luego tienen un compromiso ético con los palestinos igual, si no mayor, que el de muchas organizaciones que actúan desde fuera del país”. Otro intelectual, Joaquín Sabina, en idéntica tesitura, lo dijo también muy clarito: “Los mayores propalestinos que me encontré en la vida están en la izquierda judía de Tel-Aviv”, frase que abunda en esa tendencia tan progresista de ir a buscar propalestinos antes en Israel que en la propia Palestina.

La reciente manifestación en Tel-Aviv de 15.000 personas a favor de la solución de los dos Estados me ha recordado estas preguntas. Es como si lo oyera: “Vosotros los periodistas hablando de un Israel en deriva derechista, enterrando la solución de los dos Estados, y una vez más la sociedad israelí os supera, os demuestra que es mucho más plural y heterogénea de lo que os empeñáis en enseñarnos en vuestras crónicas y análisis de parte”. “Pro-palestinos, que sois unos pro-palestinos, que no solo os posicionáis a favor de los palestinos sino que acalláis las numerosas voces dentro de la sociedad israelí que defienden la paz, la negociación y el entendimiento”.

Con hechos sería bastante sencillo enterrar el argumento: basta con ver la evolución de la Knesset y los programas electorales de los partidos a los que pertenecen sus diputados no ya de las últimas elecciones, sino desde las que Binyamin Netanyahu ganó en 2009. Y eso dando por bueno que cuando el Kadima de Ehud Olmert hablaba de “marcar las fronteras permanentes de Israel” (así ganó las elecciones el ahora encarcelado exprimer ministro) lo decía en serio, lo cual es dar mucho por bueno. Basta con observar la evolución de los asentamientos, en Cisjordania y en Jerusalén Este. Basta con leer y escuchar el discurso de la prensa israelí (leer la edición de Haaretz en inglés y pretender que lo que se lee allí es el auténtico Israel es un autoengaño). Basta con estudiar el corpus legal aprobado por la Knesset en los últimos años. Basta con prestar atención al contenido de los discursos de las organizaciones pro-israelíes en Washington. Basta, en definitiva, con mirar y escuchar. Pisar Israel de vez en cuando también ayuda.

No, la de los dos Estados no es la posición mayoritaria ni de lejos en la sociedad israelí hoy. Hubo a grandes trazos dos intentos de lograr los “dos Estados que viven en paz y seguridad uno al lado del otro”, idea fetiche del proceso de Madrid y los acuerdos de Oslo. La primera fue la del laborismo israelí: dice la leyenda que nunca estuvo tan cerca la paz como en Taba en enero del 2001. Ese proceso, en realidad, había muerto unos meses antes, cuando Ariel Sharon visitó la Explanada de las Mezquitas y dio inicio la segunda Intifada. La llamada izquierda israelí jamás se recuperó de la acusación de la derecha de que la sangre vertida en la segunda Intifada fue consecuencia de su esfuerzo por lograr la paz. El segundo intento lo protagonizó, paradójicamente, Sharon. Más que intento fue convicción: la de que el sionismo debía sacrificar parte de la tierra a cambio de asegurarse la mayoría demográfica judía y el carácter democrático del Estado. Es decir, que Israel no podía permitirse seguir gestionando la vida de miles de palestinos bajo ocupación y que, de seguir así, su lucha mutaría de un movimiento de liberación nacional a otro de derechos civiles. Quién sabe adónde habría llevado su convicción Sharon si la enfermedad no se hubiera cruzado por su camino. Lo que sí sabemos es que sus famosas “dolorosas concesiones” pasaban por desmantelar los asentamientos en Gaza a cambio de no tocar prácticamente nada en Cisjordania. Su Palestina era un Estado territorialmente “contiguo” (bloques unidos por carreteras, puentes y túneles) pero no continuo, un delicioso eufemismo. Ambos intentos tenían otras cosas en común: de la vuelta de los refugiados palestinos, ni media palabra, por ejemplo. Entendían la paz como ausencia de violencia, y no como justicia.

La sociedad israelí, pese a esos 15.000 manifestantes en Tel-Aviv, no cree en la solución de los dos Estados. Por varios motivos. Primero, porque a pesar de que cueste discernirlo en el discurso siempre victimista (el pequeño país rodeado de grandes amenazas internas y externas ante las que se mantiene firme y duro), Israel ganó militarmente la segunda Intifada. Los israelíes lo saben. Los palestinos lo saben. Y los ganadores no ceden tierra a los perdedores. Segundo, porque a nivel de Estados y gobiernos Israel ganó políticamente la segunda Intifada. Y tercero, porque Israel, como Estado, no ha actuado nunca en aras de hacer no ya viable, sino simplemente posible, la solución de los dos Estados. Puede ser que algunos de sus dirigentes creyeran en ella; lo que es difícil de negar es que la maquinaria del Estado, desde el Ejército a las instituciones, ha actuado sistemáticamente en su contra. De la década de los noventa hasta ahora, la ocupación, su maquinaria y su red de violencias se ha recrudecido. Hoy, los dos Estados, incluso si Palestina fuera contigua a lo Sharon, son inviables. Para ello hace falta tan solo mirar un mapa. Pero es que, además, la gran mayoría de los políticos israelíes de hoy no cree en la solución de los dos Estados. Nunca lo ha creído, como es el caso por ejemplo del mismo Netanyahu.

Y sí, hay 15.000 manifestantes en Tel-Aviv. Y existe Breaking the Silence. Y B’tselem. Y Gideon Levy y Amira Hass. Y J Street en Washington. Y un puñado de periodistas que hacen vídeos en los que denuncian la ocupación que triunfan mucho en las redes sociales. Pero sus voces son irrelevantes. Sucede lo contrario de lo que se acusa a los corresponsales extranjeros: según su peso real en la sociedad israelí, se les da una atención desproporcionada. Porque los objetores de conciencia en el Ejército son cuatro, y a casi todos se les ha hecho reportajes. Porque las denuncias de Breaking the Silence son desgarradoras, pero son una minoría clarísima dentro del entramado militar del país. Hay voces que claman por la paz entendida como justicia, y el fin de la ocupación en Israel, cierto, pero darles espacio y atención por encima de su representatividad real no ayuda en nada a acabar la ocupación. Al contrario. Lo que ayuda a acabar con la ocupación es hablar mucho, con rigor y sin frivolidades, del Israel real. Dar voz a los colonos. Publicar el contenido de los libros de texto. Escuchar a los líderes espirituales de los partidos religiosos. Entrevistar a los jóvenes recién llegados de Brooklyn que se instalan en los asentamientos más hardcore de Cisjordania al grito de que esa tierra les pertenece a ellos y no a los ancianos cuya familia lleva generaciones cultivando los olivos. No hablar de Breaking the Silence sino del juicio al soldado Elor Azaria, de su familia y de sus vecinos. Preguntar a los movimientos que defienden los derechos LGTBI en la Gay Parade de Tel-Aviv qué piensan de los derechos humanos en Gaza.

Porque, en el fondo, de quien hay que hablar es de Israel, de sus leyes, de sus políticas, de sus acciones. El fin de la ocupación está en manos del ocupante, no del ocupado.

Muy necesario y oportuno artículo de Joan Cañete Bayle, de inaplazable lectura

http://ctxt.es/es/20170614/Politica/13208/Palestina-Israel-solucion-dos-estados-paz.htm#.WUF7tQlz5e4.twitter

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