LA TRAGEDIA PALESTINALas balas que hirieron a Raf

Una escena palestina: una mujer cura a un adolescente herido.

Extraído de ElIpsis.com

JOHN BERGER

31 DIC 2006

Así que quieres que te cuente historias de aquí”, dijo ella. “Pues voy a contarte una”.

Tenía 13 o 14 años. Su voz era ya la de un hombre, aunque sin la cadencia de la voz masculina. Raf tenía un dolor espantoso, pero estaba firmemente decidido a callárselo. K. y dos chicos más llamaron a mi puerta y me despertaron. Raf estaba herido en una pierna y no podía apoyar el pie en el suelo. Lo habían traído entre dos, agarrado a sus hombros. “Se llama Raf”, dijeron.

El valor espontáneo empieza pronto. Lo que se añade con la edad es la resistencia: cruel don de los años.

Le dispararon desde un jeep; estaba fuera después del toque de queda. Se las apañó para arrastrarse debajo de un camión abandonado y luego se escondió entre las ruinas de una vivienda. Les dije a los muchachos que lo examinaría en la farmacia, pero a él solo. Así no los implicarían a ellos si las luces llamaban la atención: era pasada la medianoche.

Le dispararon desde un ‘jeep’; estaba fuera después del toque de queda. Se las apañó para arrastrarse debajo de un camión abandonado

Cogí la bala con las pinzas y se la enseñé. Era una bala de 30 milímetros de un subfusil Uzi. Y entonces se echó a llorar

Buscamos unas parihuelas en el almacén, lo tumbamos y lo llevamos por la carretera hasta la farmacia, donde lo traspasamos a la camilla que tenemos permanentemente en la rebotica. Parecía que había perdido mucha sangre.

Le dije a K. que volviera al cabo de una hora, si quería, y que si encontraba la farmacia apagada y cerrada, querría decir que había llevado a Raf a urgencias.

Los tres me miraron como si de pronto me hubiera hecho inmensa. “Lo más seguro es que no sea necesario”, les dije para tranquilizarlos. “Haré todo lo que pueda para evitarlo, pero también tenemos que ponernos en lo peor, ¿no? Si estamos aquí, llamad tres veces a la puerta”.

Cuando nos quedamos solos, Raf me sonrió. Una sonrisa extraña para alguien tan joven, como si los dos, él y yo, hubiéramos pasado una prueba y lo estuviera confirmando con una sonrisa de orgullo.

-Hicieron cuatro disparos y creo que fallaron tres -dijo.

-¿Dónde está tu madre?

-En el pueblo.

-¿Y tú qué haces aquí?

-Trabajo.

-¡Pues sí que trabajas hasta tarde!

-Y tú también -me respondió, y apretó los párpados. No estoy seguro de si por el dolor o como un signo de conspiración. O puede que por las dos cosas.

Le bajé los pantalones, le lavé la pierna y corté con unas tijeras el torniquete que tenía en el muslo. No se produjo una hemorragia súbita, de modo que, gracias a Dios, no tenía afectada la arteria. Me miraba con curiosidad, pero no por su situación inmediata.

-¿Sabes qué estoy soñando? -me preguntó.

Le rasqué la planta del pie, sucia y con una costra de sangre, para comprobar sus reflejos. La pierna dio una sacudida. Le funcionaban los nervios. Entonces le lavé el pie.

-¿Sabes qué estoy soñando? -repitió.

-No, no lo sé. Cuéntamelo. Ahora te voy a examinar la herida; si te duele mucho, susúrrame algo.

-Sueño -dijo- que estoy tumbado en la cubierta de una lancha motora y que tú vas al timón. Estamos en alta mar y las olas pegan con fuerza, bum, bum, bum…

Tenía dos heridas casi juntas. Una era larga y superficial, y la otra era pequeña, muy profunda y con un aspecto muy feo. Supuse que la bala que le había causado la primera herida había entrado sesgada, porque le habían disparado desde arriba, y había salido encima de la rodilla, donde tenía la segunda.

-¿Y adónde va ese barco? -le pregunto mientras agarro con la mano izquierda las pinzas para separar los labios de la herida. Las riberas de la herida, como dicen los franceses.

Con la mano derecha agarro una cánula metálica y recorro con ella el tajo abierto, golpeándolo suavemente; espero oír un ruido metálico o tocar de pronto algo duro como el metal. Hay más probabilidades de encontrar así una bala incrustada que de verla con los ojos.

-Eso, ¿adónde va? Yo estoy tumbado en la cubierta y tú estás al timón -dijo-. ¿Adónde?

No había bala. Dejé que el labio se cerrara. Entonces fui a por la otra, la que tenía mal aspecto.

-¿Sabes una cosa? ¿Sabes con qué soñáis todos los hombres? -le pregunto.

-Dímelo tú -me contestó, impaciente.

-Todos soñáis con estar có-modos…

Estaba probando con la cánula y creí oír un clic metálico. Golpeé dos veces más. Una bala.

-Y las mujeres, ¿con qué…?

De pronto apretó los labios.

-Vamos a hacer algo para que deje de dolerte, Raf.

-No te vayas.

-¿Te crees que voy a dejarte solo en cubierta? Espera 30 segundos.

Fui a donde estaban los analgésicos y encontré la diamorfina que buscaba.

-Te voy a pinchar en el brazo.

Le pinché (cinco miligramos) y esperamos.

-¿Con qué sueñan las mujeres, entonces? -me preguntó al fin.

-Con que los lugares dejen de estar separados -le digo.

-¡Pero los lugares tienen que estar separados! ¡Para eso están los kilómetros!

La tranquila lógica de su respuesta me recordó tanto a ti que tuve que morderme el labio.

-No mires ahora -le susurro-; cierra los ojos.

-Con los ojos cerrados tengo miedo; veo sus uzis apuntándome.

-Entonces no me mires a las manos, mírame a la cara.

-¡Qué hoyuelos tienes! -dijo-. Todavía tienes hoyuelos.

Del fondo de la herida extraje con el fórceps una bala verdusca, como una muela picada. Raf apenas parpadeó. Luego le eché Betadine hasta que la herida se desbordó como un volcán. Raf apretó el puño derecho, nada más.

Cogí la bala con las pinzas y se la enseñé. Era una bala de 30 milímetros de un subfusil Uzi.

Y entonces se echó a llorar. Puse mi cabeza al lado de la suya y unos minutos después se quedó dormido.

Le cierro las heridas con hilo y una agujita curva. Después de unir con cada puntada las dos riberas del río, rodeo con el hilo las pinzas que sujetan la aguja para hacer un nudo. Y sigo haciendo nudos. La carne quiere quedar unida a la carne. Le pongo dos apósitos y le meto una almohada debajo de la cabeza. Mezo la camilla como si fuera un barco surcando las olas.

Eran las dos de la madrugada. Estábamos solos, aguardábamos. Todo estaba en silencio. Esperaba que tú estuvieras dormido.

Traducción de Pilar Vázquez.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de diciembre de 2006

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